Casi el paraíso

De regreso a las cálidas tierras del Anáhuac

Laguna del Rey

Hace ya varios años, cuando era un niño, me preguntaba qué opciones habría para poder desarrollarme en las áreas de mi interés en ciencia y tecnología. En esos días vivía en San Juan del Río, Querétaro, un lugar que no dejaba de ser pueblo para convertirse en ciudad. Mi inquietud era compartida con varios de mis compañeros con el mismo gusto por la ciencia. Era difícil pensar en que se podían encontrar opciones para conocer centros de investigación o participar en ferias de ciencia como las que veíamos en las series importadas.

Avance rápido hasta la preparatoria. El colegio católico donde estudiaba tenía una orientadora vocacional que estuvo cerca de alejarme de las áreas que me gustaban. ¿La razón? No tenía claros los campos de oportunidad de las diversas carreras. No olvido que a un amigo le dijo que si estudiaba Ingeniería en Sistemas se la iba a pasar cambiando discos. A mí me dijo que si estudiaba física iba a terminar de maestro de preparatoria porque en México no se podía hacer carrera como científico. Como nota aparte, creo que el trabajo de orientador vocacional es muy delicado y no debe dejarse a gente que desconoce la realidad de las profesiones y el ambiente laboral.

El punto es que hasta finales de la década de 1990 yo no creí que hubiera un futuro para hacer ciencia en México. Esto cambió cuando cursé la maestría y conocí a la comunidad científica mexicana. Ahí comenzó el viaje que me llevó a ser ahora profesor del Cinvestav. ¿Qué edad tenía cuando me di cuenta que sí era posible trabajar en estas áreas en México? 22 años. ¿Algo tarde, en particular comparado con cómo se descubren y encauzan las vocaciones científicas en otros países? Sin duda.

Hace unos días el Consejo Estatal de Ciencia y Tecnología de Coahuila, me pidió ser parte del comité científico para evaluar a los proyectos participantes en la Feria de las Ciencias e Ingenierías. En la evaluación se destacó un proyecto realizado por estudiantes del Colegio de Estudios Científicos y Tecnológicos del Estado de Coahuila, CECYTEC, de la localidad de Laguna del Rey. El sistema de CECYTEC ofrece estudios de educación media superior a los muchachos del estado. El proyecto que presentaron, llamado Renovalact, consistía en un protocolo de investigación para evaluar la efectividad de un tratamiento anti-acné. El tema estaba bien presentado y en la evaluación que realicé lo consideré el mejor de todos para representar al estado a nivel nacional.

Esta semana los muchachos del CECYTEC expusieron su trabajo en el evento nacional. Su trabajo fue merecedor del primer lugar en la categoría Medicina y Salud. Este triunfo les permitirá participar en el certamen internacional a realizarse en Phoenix, Arizona.

Y para mí, lo más impresionante, es que Laguna del Rey es una población que no rebasa los 4,000 habitantes. Está muy cerca del Bolsón de Mapimí, en una zona muy poco poblada del país. Me llena de esperanza el ver que esos muchachos de escasos 16 años, salidos de una población mucho más pequeña que San Juan del Río hace 20 años, sean capaces de destacar de esta manera. Me ilusiona también el ver qué existen las condiciones en el país para que ellos presenten este tipo de trabajos.

No cierro los ojos ante la realidad de que existen muchas carencias en el país. Discutirlas es un tema amplio y escabroso. Pero este triunfo del CECYTEC Laguna del Rey debe ser motivo de orgullo para todos.

Cinco años

El autor de este abandonado blog ha cumplido ya cinco años en el norte de México. Al llegar a estas latitudes, me propuse muy seriamente dedicarle más tiempo al blog. Pero claro, es muy difícil hacerlo cuando el trabajo y la vida se interponen entre el teclado y uno mismo. Pero ahora que se cumplen estos primeros 5 años de este trabajo, quise sentarme un rato a escribir. Remember, remember, the fifth of November, como dicen por ahí.

En términos estrictamente profesionales, han sido cinco años muy agradables. En este tiempo he tenido varios proyectos industriales, graduado 5 estudiantes de maestría y publicado 4 artículos. Definitivamente pude haber publicado más, pero es difícil iniciar con un tema de investigación nuevo. Quiero extender un poco más este punto. En mi doctorado trabajé con aluminatos de titanio, una familia de materiales particularmente interesante en términos de deformación a nivel microestructura. Mi trabajo se limitó a estudiar los mecanismos de deformación de estos materiales, mientras me eran suministrados por la Universidad de Birmingham. Por otro lado, tenía acceso a toda una serie de equipos de vanguardia, lo cual me permitió caracterizarlos a un alto nivel. Trabajé con microscopios electrónicos de barrido de emisión de campo, con difracción de rayos X en fuentes sincrotrón, correlación digital de imágenes y tomografía de alta resolución.

Entonces, al llegar a México, me encuentro con que no puedo seguir con esta línea. Aquí nadie trabaja con este tipo de intermetálicos y el procesamiento, además de ser extremadamente caro, estaba fuera de mi experiencia. Los microscopios electrónicos a mi alcance no eran de emisión de campo y tampoco había posibilidades de trabajar con correlación de imágenes. Así que hubo que ponerse a trabajar para conseguir recursos para habilitar un laboratorio que me permitiera trabajar en cuestiones de deformación micro-mecánica y procesamiento de materiales avanzados.

Es mucho más fácil decirlo que hacerlo. Para que se den una idea, un sistema sencillo de correlación de imágenes está en el orden de un millón de pesos. Un microscopio de barrido de emisión de campo, en un millón de dólares. Y las convocatorias de Conacyt son muy competidas y, por supuesto, limitadas en el presupuesto. Básicamente es un círculo vicioso, no podía conseguir recursos de Conacyt porque no tenía un historial académico suficientemente fuerte en México y no podía construir dicho historial porque no tenía recursos.

Afortunadamente, surgió la opción que me permitió hacerme de recursos: Los proyectos vinculados con las empresas. En los últimos años, la vinculación academia-industria ha crecido de modo importante en México. Existen diversos programas que apoyan a este tipo de proyectos. Y aquí he tenido más éxito. He tenido ya 4 proyectos vinculados con las industrias y de este modo he ido armando el laboratorio. Tenemos ya varias estaciones de trabajo para realizar simulación numérica de deformación mediante el método de elemento finito, software especializado, un molino de laminación para procesar materiales en frío y en caliente y un sistema simple de correlación digital de imágenes.

Aquí tengo que señalar un detalle importante en la vinculación industrial. En México, casi todo el procesamiento de metales y aleaciones se hace en los sistemas de acero y aluminio. Sistemas con los cuales no estaba familiarizado. Así que para poder ofrecer los proyectos industriales, tuve que ponerme a estudiar nuevamente. Este esfuerzo dio resultado y ahora tengo la posibilidad de ofrecer varios servicios tecnológicos a las empresas, mismos que me permiten establecer el laboratorio para desarrollar la investigación básica.

¿He conseguido un buen equilibrio entre la academia y la industria? Es difícil decirlo. Apenas he podido realizar las primeras adquisiciones y en los próximos años éstas deben reflejar un incremento en la productividad científica, entendida como artículos publicados. Sin embargo, creo que los 5 estudiantes de maestría graduados muestran que no todo ha sido trabajo industrial. Y espero a inicios del próximo año graduar a mi primer estudiante doctoral.

En resumen, en términos académicos, tome la elección correcta al regresar a México y tomar este trabajo. No es fácil trabajar en estos aspectos en este país, pero es muy satisfactorio. Todos debemos contribuir desde nuestras respectivas trincheras para hacer algo por México. Estoy convencido que esto es lo que me toca hacer. Y espero con mucho gusto los siguientes 5 años.

Desvelos

A mí, al igual que a casi todos los mexicanos, me apasionaba el futbol. En el tiempo en el que estuve en la prepa, recuerdo que conocía el nombre de todos los jugadores, los equipos con los que estaban y sus características en el campo. Cuando llegó la Copa América de 1993, me emocioné siguiendo al equipo hasta la derrota en la final contra Argentina. Después, en el mundial de Estados Unidos, sentí la rabia cuando nuestros mejores jugadores fallaban en la serie de penales contra Bulgaria. Cuatro años después, soñé que Alemania podía ser derrotada, sólo para observar cómo Oliver Bierhoff nos mandaba de nuevo a casa. Y entonces llegó el mundial en el que por fin mandé al diablo a la selección mexicana. El de Corea-Japón 2002. Como recordarán, los partidos eran bastante tarde en nuestra zona horaria, así que había que desvelarse o verlos diferidos. México, como lo ha hecho en los últimos mundiales, calificó a octavos de final. Recuerdo haberme despertado en la madrugada, lleno de ilusión porque, después de todo, Estados Unidos era un equipo al que se le podía ganar. Lo que vi me hizo sentir mal, pero no por las razones de los mundiales anteriores. Ahora no me sentí enfadado ni frustrado. Me sentí estúpido. Mientras trataba de volverme a dormir, me sentí muy mal conmigo mismo. ¿Por qué tenía que colocar mis esperanzas en un equipo cómo ese? ¿Ese equipo de verdad me representaba? ¿Por qué perdía horas de sueño por estar esperando que por fin pasáramos al tan famoso quinto partido? Cuando desperté, ya había tomado la decisión. A costa de que todo mundo me llamara villamelón, de no volverme a emocionar en un mundial, iba a dejar de sentirme representado por El Tri.

Llegó el mundial siguiente, en Alemania. Para esas fechas, yo vivía en Manchester, Inglaterra. Claro que fuimos a los pubs a beber y a esperar algo del equipo, pero no me sentía con esperanzas de que ese equipo hiciera algo más que los anteriores. Recuerdo cómo los amigos colombianos me explicaban emocionados cómo se le podía ganar a Argentina. Yo les dije: “Hay pocas esperanzas, México es uno de los 16 mejores equipos del mundo. Pero hasta ahí. En una de esas dan el salto, pero no contra Argentina.” Y así fue. Lo mismo ocurrió 4 años después en Sudáfrica. Cuando México perdió, era algo ya esperado.

Por eso fue que esta selección no logró emocionarme. Todo mundo decía que esta vez era diferente, que El Piojo había podido lograr el cambio necesario para pasar a la siguiente ronda. Yo lo dudaba. México apenas había logrado calificar y era prácticamente el mismo equipo. Seguí los partidos sin emoción, esperando la casi segura clasificación a los octavos para luego estrellarnos contra nuestra realidad.

Y así fue, México perdió contra Holanda tras haber dado un gran partido. Veo a la gente enojadísima por el falso penal. Los veo y no consigo compartir su molestia. México sigue en el lugar que le corresponde en el fútbol. No fue el falso penal de Robben, fue la realidad de que México es uno de los 16 mejores del mundo, pero no de los 8 mejores. Tal vez algún día consiga colarse a los cuartos, pero será más un golpe de suerte que una auténtica evolución. De ahí a ser uno de los mejores 4 del mundo hay todavía un gran salto.

No quiero cerrar sugiriendo que el no preocuparse por el futbol lo hace a uno mejor persona. En absoluto. Si acaso, soy un mexicano desilusionado por el futbol desde hace 12 años. Pero sí quiero señalar que hay muchas cosas de las cuales deberíamos sentirnos orgullosos. A los mexicanos nos gusta cantar “Viva mi desgracia” y esperar que otros nos den la alegría que no conseguimos en el día a día. En vez de aplaudir los logros de otros, ¿por qué no esforzarnos en conseguir los propios? No es obligatorio que sea en un foro internacional. Cada pequeña victoria cuenta. El formar a buenos hijos, el cuidar de nuestros ancianos, el no ser parte de la enorme corrupción del país. Los ejemplos sobran, todos los conocemos pero tratamos de ignorarlos. Conseguir logros como esos no es fácil pero creo que por estos sí vale la pena esforzarse y desvelarse.

El norte amenaza con robarme

En esos primeros días traté de ponerme al corriente con mi familia en primer lugar y con los amigos en segundo. Esos días fueron agradables, pues finalmente sentía que podía relajarme antes de comenzar el post-doctorado en octubre. Disfruté de los festejos del bicentenario y comí todo lo que quise. Después de eso, me presenté en el centro de investigación en el que esperaba laborar los siguientes dos años. Me recibieron muy bien y en general me gustaron las instalaciones. El proyecto me agradaba y estaba listo para comenzar. Para festejar, quedé de verme con un amigo en un restaurante brasileño. Ahí encontré uno de los primeros problemas. Ese día no traía coche, así que se me hizo fácil caminar hasta una avenida principal y ahí esperar un camión.
Había olvidado que en México uno debe conocer las rutas por anticipado. En Querétaro los paraderos no tienen una descripción de la ruta. Así, vi bajar del cerro a rutas B, B2, 8, 8B y otras similares. Todas traían descrito su itinerario en una vistosa letra escrita con tinta para zapatos blanca. Yo sólo quería saber cuál se iba derecho por todo Pasteur, pero la gente bajaba y subía sin darme oportunidad. Como iba muy relajado, decidí pasar a un Oxxo, que ahora estaban en cada esquina, por unas pizzerolas aprovechando que habían regresado al menú recientemente.
Para cuando llegué al Oxxo me di cuenta que estaba ya muy cerca de una tienda de autoservicio. Preferí decirle a mi amigo que pasara por mí al estacionamiento y de ahí nos fuimos a comer. Después de haber sufrido con los elevados precios de Inglaterra, ir a comer a un buffet brasileño por poco menos de 200 pesos me pareció una excelente opción. Me puse al corriente con mi amigo, el cual también había estado fuera una buena temporada. Esa tarde regresé a San Juan del Río convencido que tendría una buena vida por los próximos dos años.
Fue entonces que la cantidad de correos solicitando trabajo durante la primera mitad del 2010 dio su fruto. Me llamó un investigador preguntándome cuáles eran mis planes ahora que había regresado. Le dije que pensaba quedarme en México, al menos por los próximos dos años.
Me enteré que tienes una oferta de General Electric – me dijo.
Qué rápido corren los chismes. Pues sí, sí me ofrecieron un puesto.
¿La piensas tomar?
No creo. Me ofrecen bastante dinero, pero creo que prefiero quedarme en México.
Me confesó entonces que el motivo de la llamada era sondearme. Saber si de verdad quería quedarme o que si me iba a ir a Estados Unidos. Quise saber por qué. Me respondió que el centro de investigación en metalurgia ubicado en Saltillo al que había mandado solicitud me estaba considerado muy seriamente. Me dijo que quedábamos 3 candidatos y que la posibilidad era muy alta.
No podía creer lo que me decía. ¿De verdad iba a poder trabajar para el sistema del cual había egresado de la maestría? ¿De verdad había hablado sólo para sondearme? Le respondí que si me llegaba esa oferta, la tomaría sin pensarlo.
Y, en efecto, la oferta llegó. Fue un correo electrónico muy breve y específico. Se me ofrecía la plaza de profesor investigador. Tenía que responder a la brevedad. ¿Qué hacer? La posibilidad de quedarme en Querétaro, en mi ciudad, con mi gente era muy tentadora. Pero la oferta de Saltillo era única. Sólo hay 600 plazas de ese tipo en México. El centro en particular es considerado como uno de los mejores en latinoamérica.
Por esos días hablé con la novia jamaicana. Le dije que la oferta que me hacían no era algo que pudiera rechaza tan fácilmente. Con el desparpajo que acabé detestando, sólo me dijo que no le impresionaba la oferta ni el centro de investigación. Además, agregó, era bien sabido que el norte de México era uno de los lugares más peligrosos del mundo. Terminamos riñendo por el teléfono y aunque no terminamos en ese momento, ya sabía que no había futuro con ella. Pero como casi siempre me pasa, no me atreví a decírselo.
Además, estaba el hecho que había conocido a alguien más. Prácticamente la misma semana en que regresé, unos amigos me presentaron a la que, a la postre, se convertiría en mi esposa. Al conocerla recordé lo especiales que son las mujeres mexicanas. En verdad su forma de ser destaca sobre el estilo mucho más seco y distante de las europeas.
Así las cosas, tenía que tomar una decisión. Tenía muchas ganas de quedarme, pero el post-doctorado era por tan solo dos años. Al término de éste, lo más probable es que no tuviera trabajo. Tendría entonces 2 años más de edad y me costaría competir contra otros investigadores más jóvenes. El irme al norte tenía muchas ventajas, era una plaza federal, muy bien pagada y con excelentes prestaciones. Pero era dejar nuevamente a mi familia, alejarme de la persona que acababa de conocer pero que quería conocer más.
La decisión no fue sencilla, pero al final todo se definió por la necesidad de asegurar el futuro. Mucha gente me decía que era un error irme al norte. Que a partir de San Luis Potosí, se llegaba a una tierra sin ley. Que no me iba a acostumbrar a vivir tan alejado del centro de México.
Yo sólo podía pensar que la mayoría de esa gente nunca había dejado su zona de confort. Finalmente, había pasado 5 años lejos de México, en una cultura completamente distinta. ¿Por qué no habría de acostumbrarme a vivir en cualquier parte de México?
Por otro lado, a pesar de que pueda sonar exagerado o incluso falso, la verdad es que no tenía miedo. Desde la epidemia de gripe porcina del 2009, no dejaba de sorprenderme lo rápido que la gente se acobardó. Se suponía que los mexicanos éramos una sociedad que cantábamos para no llorar. Éramos la sociedad que se dedicaba a hacer mofa de la muerte. ¿Qué había pasado? Todo mundo estaba paralizado por el miedo. Quien me conoce sabe que no soy precisamente una persona arrojada. Prefiero evitar pasar cerca de un perro de buen tamaño para evitar problemas. Pero eso no quiere decir que sea cobarde. México es mi país y a mi regreso me sentía todavía más identificado con él. ¿Por qué habría de limitarme en mi toma de decisiones el miedo?
La mayoría de la gente no sabe cómo es la vida en otros países. Existen muchos problemas que no resultan aparentes incluso para los turistas. En el Reino Unido existe un gran control sobre las armas de fuego, por lo cual los maleantes tienen que usar cuchillos. Eso no quiere decir que no las utilicen, sólo que están más restringidas. En el tiempo que estuve allá, unos tipos fueron a balear a otro que estaba tomando una cerveza en un bar, a un par de calles de Oxford Road, la calle principal de la Universidad. Yo pasaba todos los días frente a ese bar, pues me quedaba de camino a la escuela. En un gimnasio cercano, otros tipos fueron a matar a uno más que estaba haciendo ejercicio. En la misma calle en la que vivía, pero varias cuadras más lejos de la casa, habían acuchillado a un muchacho que se desangró frente a la puerta de su casa.
No es mi intención hablar mal de Manchester o de Inglaterra, ciudad y país que me recibieron con los brazos abiertos y que me dieron la formación que me permitía ahora tomar el trabajo que se me ofrecía. Pero sí quiero que quede claro que, como es la expresión popular, en todos lados se cuecen habas. Las cosas en México no podían estar tan mal como decían las noticias, me repetía una y otra vez.
Hacia mediados de octubre había tomado la decisión. Acudí a visitar al investigador con el que iba a trabajar en Querétaro, para informarle de su decisión. Después me enteré que él también había competido, infructuosamente, por una de las plazas en Saltillo. Después solicité dar una plática para conocer las instalaciones del nuevo centro de investigación. El coordinador académico estuvo de acuerdo y concertamos una fecha a inicios de noviembre para realizar mi primera intervención en mi nuevo trabajo y, efectivamente, mi nueva vida.

Regresando a México

La decisión de regresar a México, sorprendentemente, no fue tan difícil. Para enero del 2010, ya había terminado las correcciones de mi tesis y disfrutaba del invierno más nevado de todos los que me tocaron en el Reino Unido. Para ese entonces tenía una novia, más o menos formal, de nacionalidad jamaicana. Tenía frente a mí múltiples opciones de trabajo, gracias a que mis asesores gozaban de buena reputación en el ámbito académico. Así, tenía la oferta de irme a realizar un post-doctorado a la Universidad de Birmingham, otra de mis mismos asesores para quedarme 3 años más en Manchester, otra más para ir al INSA de Lyon en Francia y, la más importante, una oferta de General Electric.
Cuando conocí al reclutador de General Electric, yo era un estudiante de primer año de doctorado. Había asistido a un congreso de la MRS en Boston y ya me sentía muy feliz con eso. Él era el moderador de la sesión en la que yo participé y quedó muy impresionado con el trabajo de un alemán que presentó antes que yo. Cuando yo presenté, sólo me dio las gracias. 4 años después, me lo encontré en otro congreso y ahora sí le agradó mi trabajo. Me pidió que lo contactara y en poco tiempo GE me pagaba un vuelo para visitar su centro global de investigación al norte de Albany en el estado de Nueva York. La opción era sin duda atractiva, el centro global de GE era un sueño para cualquier ingeniero, más aún para uno recién egresado y necesitado de recursos.
Pero entonces intervinieron muchos otros aspectos que no había tomado en cuenta. La novia se había ido para Jamaica y ahora tenía planes para realizar un post-doctorado en Sudáfrica. Mientras tanto, yo sentía que había cumplido con el objetivo para el cual el Conacyt me había becado y ya era tiempo de regresar. No estaba del todo convencido de seguir fuera del país, aunque para entonces las noticias que llegaban hasta Europa no eran nada buenas. Se hablaba de balaceras en prácticamente todos los centros urbanos importantes. De secuestros, de una vida que ya no era posible sostener. Cuando volé hacia Estados Unidos compré un ejemplar de una revista (Newsweek me parece) que tenía como titular: Mexico meltdown. En esa revista se decía que México había alcanzado el punto de no retorno y la palabra clave era una que se repetía por todos lado: Estado fallido.
Comencé a investigar las posibilidades del regreso. Conacyt envía mensualmente a sus egresados un boletín con las oportunidades de trabajo. La verdad es que eran pocas en esos días. Hay que recordar que durante el 2009, el mundo vivió una recesión importante en prácticamente todos los sectores. Así que no había mucho de dónde escoger. De cualquier forma, no quería perder la oportunidad de regresar a México y comencé a buscarle.
Los resultados distaron mucho de ser ideales. Mandé mi CV a prácticamente todas las universidades y centros de investigación que solicitaban gente. No obtuve respuesta en la mayoría y las pocas respuestas que llegaron fueron negativas. Busqué incluso en universidades perdidas en la sierra, pero simplemente no conseguía una opción para regresar. Así estuve hasta que encontré la convocatoria de estancias post-doctorales del Conacyt.
Esta convocatoria me daba la oportunidad de regresar a México, incluyendo viáticos y menaje de casa y una beca para trabajar en un centro de investigación hasta por 2 años. Ahí estaba el problema, ya que en realidad todavía no había contactado a ningún centro de investigación y el cierre de la convocatoria se acercaba. Afortunadamente, un centro de investigación en Querétaro, mi ciudad natal, se interesó en someter un proyecto conmigo. No podía creer mi suerte, ahora tenía la oportunidad de regresar a México, a mi ciudad.
Como siempre, los imponderables hacen de los planes cera y pabilo. Mi decisión de regresar a México no le sentó bien a la novia jamaicana. En particular, no le agradó mi confesión de que no quería pasar el bicentenario del inicio de la independencia fuera del país. Así, nuestro relación quedó en entredicho. Claro, ella ya tenía su plan de emigrar a Sudáfrica, al parecer aprovechando la obsesión del mundial de fútbol.
Tomada la decisión de regresar, sólo había que comenzar a cerrar las cuentas, despedirse de los cuates y correrse unas cuantas borracheras para dejar adecuadamente al Reino Unido. Entre las ventajas de haber estado todo ese tiempo fuera del país, es que se puede solicitar una exención de pago de impuestos. Para tal fin, me dirigí a la embajada mexicana en Londres. Entrar ahí fue mi primer contacto con México. Las secretarias estaban chismeando alegremente cuando entré, platicando (aparentemente) sobre una fiesta que había estado muy bien en la que habíanse ligado galanes. Las expresiones que había casi olvidado “ahorita”, “péreme”, “deje ver” y algunas más, me hicieron sentir que ya estaba casi en casa. Me firmaron mi carta de menaje de casa en menos de una hora y armado con ese documento, envié 12 cajas con libros y posesiones varias.
Por fin se llegó la fecha: el 7 de septiembre, el mismo día en que había salido, 5 años antes, con rumbo a Inglaterra. Gracias a los diversos vuelos que tuve que hacer por el trabajo de la Universidad, tuve suficientes millas acumuladas para pagarme un boleto en primera clase. Desde que abordé el avión, pude disfrutar de la gente hablando de cosas como bautizos, negocios, impuestos y demás linduras mexicanas. El viaje fue muy agradable, aunque lidiar con casi 100 kg de equipaje repartido en 4 maletas es muy complicado, aún en un aeropuerto con maleteros como el de la Ciudad de México.
Al pasar por migración, la oficial se fijó en mi muy sellado pasaporte. Amablemente, me preguntó:
¿Cuánto tiempo pasó fuera de México?
5 años.
¡Qué bárbaro! Saliendo de aquí se me va corriendo por unos tacos. Es una orden.
¿Sabe? De lo que de verdad tengo ganas es de unos pambazos.
Lo que usted quiera pero que sea comida mexicana. Bienvenido de regreso.
Mi familia me esperaba en el aeropuerto y, después de 2 horas más, estaba de regreso en la casa paterna. Dormí muy cansado, tratando de recuperarme del viaje.
Al día siguiente, comenzó el impacto cultural para mí. México cambió notablemente en esos 5 años que estuve fuera. No fue solamente la violencia relacionada con el narcotráfico. El país al que regresaba claramente ya no era el mismo que había dejado. Por supuesto, yo tampoco era la misma persona y eso me iba a causar diversas sorpresas e incluso desazones en los días por venir.

Introducción

Salí de México en septiembre del 2005, con destino al Reino Unido, en particular a la ciudad de Manchester. Mi objetivo principal era completar mis estudios doctorales en ciencia de materiales. Tras haber estudiado algunos años y trabajado algunos más, sentía que era el momento en que tenía que conocer mundo, como se decía antes. Dejé la casa de mis padres a una edad relativamente mayor, sobre todo considerando los estándares actuales: 27 años. No era la primera vez que dejaba la casa paterna, pero esta iba a ser por al menos 3 años con mínimos regresos.
De mi estancia en el Reino Unido ya he hablado bastante. Durante los cinco años que estuve en Manchester mantuve, de manera un tanto inconstante, un blog llamado Desde la inopia. Todavía puede encontrársele en la red, ya que después de darlo de baja, decidí volver a darle vida. Me tocó ser parte del auge de los blogs en México, aunque nunca fui realmente un blogstar. Eso sí, hice varios amigos que trascendieron los comentarios electrónicos.
Mi regreso fue poco espectacular. Confieso que a veces sí esperaba algo más grandioso, pero me conformo con estar de vuelta. Al contrario de mucha gente que cuando salió de México tenía toda la intención de no regresar, yo siempre soñé con estar de vuelta, trabajando en el área en la que estoy ahora y desempeñándome en mis actividades actuales.
Podrían preguntarse el por qué de esta decisión, sobre todo a la luz de la oleada nacional de violencia relacionada con el narcotráfico. La respuesta es simple: Porque éste es mi país. Y porque México, a pesar de todos los problemas, todavía es casi el paraíso.
Tras haber fallado en anteriores ocasiones en completar mi novela de Nanowrimo, ahora participo en el Camp de primavera, esperando que esta colección de cuentos cortos me permita narrar mi reincorporación a este país tan hermoso y tan lleno de inmundicia a la vez.

Ya nadie lee blogs

El otro día estaba leyendo que ya nadie lee blogs. Que su tiempo vino y se fue como un vil arbusto rodante del desierto coahuilense. Lo de ahora es el Twitter, ya que la gente no tiene tiempo para leer. Y después leí que en realidad, mucha gente todavía lee blogs. Que de hecho, los blogs se han convertido en una de las principales fuentes de información que se comparte ahora en Twitter y Facebook. Lo que en realidad ha pasado es ya casi nadie mantiene blogs. Y esto es de esperarse pues, finalmente, estar escribiendo no es tarea fácil. En verdad tenía toda la intención de escribir y mantener un blog de mi reincorporación a la buena sociedad mexicana, después de haber estado tanto tiempo (bueno, fueron 5 años) fuera.

Simplemente, no pude. Mi vida ha cambiado y ahora tengo otras responsabilidades que limitan el tiempo que tengo para dedicarle a esto del aporreo de teclas. Ahora que tengo un trabajo oficial y que algunos estudiantes dependen de mí para poder terminar sus tesis en tiempo y forma, la vida se ve distinta. Pero a pesar de ello, no he perdido la intención de escribir. La inquietud había estado muy escondida, pero por fin volvió a salir.

Además, ahora la buena gente detrás de Nanowrimo ha tenido a bien abrir el Camp Nanowrimo, donde la temática es más abierta y uno fija el límite de palabras a escribir. No sé cómo me vaya en esta ocasión, pero me he fijado un límite de 40,000 palabras en un texto que tratará de hilar cuentos e historias cortas personales. En general, será inspirado por todo lo que no he escrito en los últimos 3 años. Ojalá que alguien se dé el tiempo de leer todo esto y, tal vez, lo encuentre interesante.

La pichancha

Uno de los principales problemas de mudarse a tierras semi-desérticas es sin duda la falta de agua. Manchester, como siempre dije en el blog anterior, era una ciudad muy lluviosa. San Juan del Río, de donde soy originario, tiene abundancia de agua que, por si fuera poco, es muy poco dura y además sale calientita. Ramos Arizpe es una ciudad muy seca, pero tiene agua (bastante dura) en el subsuelo. De hecho, creo que la falta de agua se debe a la mala planeación de la ciudad. En la entrada de la misma hay una fábrica papelera que por necesidad usa una cantidad importante de agua. Sin esa planta y su elevado consumo, creo que no habría tantos problemas de abastecimiento.

El caso es que falta el agua en las casas de Ramos Arizpe. Así que cuando llegué por acá el buscar una casa con un buen depósito de agua fue fundamental. Al final, la casa donde estoy viviendo tiene un tinaco de un poco más de 1,000 litros y una cisterna (aljibe, como le dicen por acá) de un poco menos de 3,000. Dado que vivo solo, en realidad nunca había vaciado el tinaco y confieso que no sabía si funcionaba la dichosa cisterna.

Dos circunstancias conspiraron para cambiar esa situación: Por un lado, compré una lavadora que, si bien es de alta eficiencia, incrementó de manera importante el consumo de agua. Por otro lado, durante varios meses, de acuerdo a las noticias, ha escaseado el agua en Ramos Arizpe. Así las cosas, el nivel del tinaco descendió de forma importante y el sistema automático decidió que era hora de arrancar la bendita cisterna que me impediría sufrir por falta de agua.

– BZZZZZZZZZZZZZ- comencé a escuchar el domingo, por espacio de un minuto, seguido por 5 minutos de silencio. Dije yo: Ah, que efectiva salió la bomba, llena en un ratito pero, ¿por qué vuelve a arrancar pasados 5 minutos?

Después de escuchar el zumbido varias veces me di cuenta que algo no estaba bien. Salí a revisar la bomba para ser recibido por una araña de tamaño mediano, unos buenos 5 cm entre extremos de patas. La araña había decidido que la bomba le gustaba para vivir, con todo y el zumbido. La diplomacia fracasó y pronto tuvimos que decidir el uso de la bomba (entre zona habitacional arácnida y sistema de abastecimiento de agua) por medio de la violencia. Afortunadamente la araña perdió, así que pude proseguir con la inspección de la bomba.

Encontré que la bomba definitivamente no estaba enviando agua, así que puedo decir literalmente que no me subía el agua al tinaco. Tras varios intentos de cebarla (a la bomba, no a mi suerte) me di cuenta de que simplemente no estaba girando. Dije yo: Ahh, la bomba esta no se ha usado en años. Debe estar pegada.

Para entonces ya comenzaba a pardear y temiendo que los primos de la araña vinieran por la revancha, decidí dejar la bomba por la paz. Desconecté el circuito que le daba energía y me fui a dormir. Al día siguiente, a buscar un plomero. Afortunadamente, conozco al dueño de una ferretería cercana quien muy amablemente me recomendó a uno.

Para las 11 de la mañana del lunes el buen señor plomero ya estaba listo para despegar la bomba usando un buen brazo de palanca. Despegada la bomba, la cebamos (a la bomba, no a nuestra suerte) y la echamos a andar. Pero por más agua que le poníamos de cebo, el agua seguía sin subir al tinaco.

– Es la pichancha – determinó el plomero.
– ¿La qué? – dije yo, temeroso de estar siendo vilmente albureado.

pichancha

Una pichancha, en toda su pichanchosa gloria

Resulta que la pichancha es una válvula unidireccional. No sólo sirve como filtro, sino también sirve para que el agua no se regrese, gracias a un flotador. Así que accedimos a la fosa donde se encuentra la cisterna y tras matar a las primas de la araña del domingo, sacamos el tubo con todo y pichancha descompuesta.

Para entonces ya era el mediodía y el sol del semidesierto nos estaba dorando cual charales salados. Sin embargo, tras haber cambiado la válvula pichanchosa el sistema estaba listo para ser probado. Se cebó nuevamente (la bomba, no mi suerte, ni la del plomero, ni la de, guarde Dios, la pichancha) y se escuchó el glorioso sonido de agua subiendo al tinaco. El plomero sonreía satisfecho cuando su sonrisa se tornó en una mueca: Ahora el agua escurría desde la azotea.

Nuestros temores fueron confirmados: El tubo se había rajado. Porque hay que decir que las heladas en Ramos Arizpe son terribles y el agua, que tiene la mala costumbre de expandirse al congelarse, revienta las tuberías de cobre. Quién sabe cuánto tenía ese tubo rajado, dado que el sistema tenía al menos un año sin funcionar. Conjeturas aparte, se retiró el pedazo de tubo tronado y se soldó el resto.

Tubería

Tubo de cobre rajado por el congelamiento del agua. Creo que se los voy a dar a mis alumnos para que estudien análisis de falla.

Para la una de la tarde, el arreglo estaba listo. Se encendió la bomba (ya sin cebarla, ya que todavía estaba cebada de lo de endenantes) y, por fin, se llenó el tinaco. Mientras se llevaba sus cosas (y su pago) el plomero me preguntó:

– ¿Y de verdad escasea mucho el agua por aquí?
– Pues sí – dije yo, al tiempo que abría la llave conectada a la red municipal. Por supuesto, un chorro de agua me contradijo.

Mientras se iba el plomero, nubes negras y panzonas de lluvia se desplazaban hacia el valle.

Darth Tradd
Ramos Arizpe, Coahuila
México

 

Recuerdos de vida

Hace casi dos años decidí que era momento de cerrar el ciclo en el cual se había desarrollado “Desde la Inopia”, el blog que mantuve durante el tiempo que estuve en el Reino Unido. Para tal fin, decidí respaldar la base de datos del blog y borrarlo del servidor. Sin embargo, como suele ocurrir, me arrepentí de esa decisión.

Por un lado, había algunas entradas que me gustaron mucho y dado que mi conocimiento de bases de datos es limitado, me costaba mucho encontrar. Además, ya establecido en México, me di cuenta que todo lo que había publicado anteriormente tenía un gran valor sentimental para mí. Así que a inicios de este año, decidí volver a subir el contenido a la red.

Por supuesto, fue mucho más difícil de lo que esperaba. Resulta que WordPress tiene una manera de importar y exportar un archivo .XML con toda la información necesaria para recrear el blog. Sin embargo, yo no hice el respaldo de esa manera, sino que copié la base de datos SQL. Entonces, tenía que volver a hacer la liga entre dicha base de datos (que seguía en el servidor, por cierto) y un nuevo blog.

Claro, había otra opción. Podía abir el archivo SQL y exportar el contenido de las entradas, para después pasarlo a Word o algún programa similar y así poder tener acceso rápido al contenido. Quedaba por supuesto, el problema de tener que hacer lo mismo con todos los comentarios. Encima de todo esto, guardé la base de datos con una codificación que echó a perder los acentos, así como las eñes y los signos de interrogación y admiración.

Como definitivamente me iba a llevar más tiempo del que tenía entonces, tuve que dejarlo para mejor momento. Pero los días pasaban y claramente nunca lo iba a terminar de rescatar si no le dedicaba un buen rato. Así que me puse a trabajar, conseguí importar la base de datos mediante un rápido malabareo de directorios y de repente tenía un sitio funcionando, si bien con los caracteres acentuados completamente equivocados. Pero ya con WordPress funcionando, pude exportar el archivo XML, generar un nuevo blog, realizar una rápida búsqueda y remplazo de los caracteres erróneos y volver a subir el XML al nuevo blog.

El resultado puede apreciarse (es un decir) en esta dirección: Desde la Inopia vuelve a estar en línea, como un testigo de mis días en Manchester. No será actualizado, pero sí se mantendrá ahí hasta que decida lo contrario. Confieso que me gustó mucho volver a encontrarme con mi antiguo blog y los comentarios de los fieles lectores y amigos. Espero que también a ustedes les guste recordar esos días.

Darth Tradd
Ramos Arizpe, Coahuila
México

Regresando a México (Parte II)

Terminó el congreso en aluminatos de titanio, me despedí de Zoé (la chava de China con la que andaba quedando bien), la felicité por su recién obtenido doctorado y creo que ambos nos quedamos con la idea de que pudimos habernos llevado muy bien si nos hubiéramos conocido 3 años antes. Pero en fin, la vida siempre se encarga de reírse de uno. Regresé rápidamente a mi cuarto de hotel, alcé mis cosas y me dirigí a la estación de trenes de Birmingham New Street. Desde mi hotel a la estación pude caminar a lo largo del canal que llevaba al nuevo centro comercial conocido como MailBox. En verdad me sentía satisfecho, contento con mi vida y decidí meterme a comer una hamburguesa en un restaurante de los que abundan en ese lugar.

Area renovada de un canal en Birmingham

Area renovada de un canal en Birmingham

Una vez satisfecho mi apetito, seguí caminando hacia New Street. Todavía anduve perdiendo el tiempo y considerando comprar un nuevo par de audífonos para suplir los que ya andaban tronando. Finalmente decidí dejar de perder el tiempo y me acerqué a los andenes desde los que salían los trenes a Manchester. Y justo antes de entrar al andén 14, me encontré con BW, quien se veía un poco perdido tratando de encontrar la plataforma correcta.

Nos saludamos brevemente y, dado que se veía que le urgía llegar a un tren en particular, me dispuse a seguir mi camino. Me detuvo y me dijo que le había gustado mucho mi presentación, así como el trabajo que había desarrollado en mi tesis doctoral. Y, con un estilo de hombre de negocios que no pierde el tiempo, me dijo: “Creo que tienes un perfil ideal para desarrollarte en General Electric”.

Como se podrán imaginar, me quedé sorprendido. Hasta ese momento no había considerado esa opción y ahora la oportunidad estaba justo frente a mí. Le dije, por supuesto, que me interesaba conocer más. Me dejó su tarjeta y me pidió que lo contactara, pues estaba a punto de perder su tren. Nos despedimos y llegué a la plataforma 14, a tiempo para tomar el tren de regreso a Manchester.

Así, a finales de mayo, tenía al menos 3 opciones de trabajo: Un post-doc en Manchester, otro más en Birmingham y ahora la posibilidad de continuar mi carrera en GE, la empresa de ingeniería más importante del mundo y catalogada como uno de las 5 mejores compañías para hacer carrera. Casi no cabía al salir por las puertas deslizantes de la estación Manchester Piccadilly.

Esa tarde me puse a pensar que en realidad la decisión de estudiar el doctorado en Inglaterra había sido la correcta y que la Universidad de Manchester había incrementado significativamente mi “empleabilidad”. Sin embargo, quedaba una pregunta en el aire. ¿Tomaba una de las oportunidades que se me estaban presentando o exploraba la opción de regresar a México? La respuesta, para estas fechas, es obvia, pero en esas semanas fue una decisión particularmente complicada.

 

Darth Tradd
Aeropuerto de Monterrey
México

 

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