(Debería nevar más seguido en Manchester. No sólo es un buen espectáculo, también semi paraliza la ciudad.)
Ya con visa y todo, me lancé a México. Una vez más me favoreció la suerte, la providencia o algo similar, porque cuando me disponía a abordar el avión que me llevaría de regreso al Anáhuac, la gentil azafata de KLM me dijo:
- ¿Qué cree? Que vendimos dos veces su asiento.
- ¿En serio? – respondí, sin ánimos de pelear pero sin ninguna intención de quedarme varado en Holanda.
- Sí, pero, ¿qué cree? Que la persona a la que se lo vendimos ya abordó, así que le toca irse en Business Class, ¿cómo ve?
Le sonreí a la azafata mientras le daba las gracias y me dispuse a brincarme la fila para abordar por delante de los otros 400 pasajeros. Una vez que la azafata de primera (en todos los sentidos) me pidió muy cortésmente mi abrigo (una chamarra bastante maltratada, por cierto) al acompañarme gentilmente a mi asiento, me senté y me preparé para enfrentar un largo vuelo de 12 horas.
Las vacaciones me las pasé visitando mayormente a familiares y amigos que tuvieron problemas este año. Por supuesto, todos los años muere una cantidad enorme de gente. Pero en esta ocasión tengo la impresión de que las muertes y enfermedades fueron mucho más de las normales con la gente que conozco y me importa. No es nada fácil pasar a visitar gente que ha perdido hijos, padres y amigos o que se enfrenta a enfermedades de pronóstico obscuro como cáncer, diabetes o similares. Uno se sienta en la sala, sin saber bien qué decir y encuentra que la mejor opción es escuchar a la otra persona y dejarla que se desahogue.
Pero lo mejor que tiene esta vida es que siempre encuentra uno a gente que le compone el día, aún hablando de la muerte. Mi tía Ru es la mayor de las hermanas de mi papá. Supera los 85 años, según creo y sigue muy activa y, más importante aún, con unas ganas de vivir impresionantes y contagiosas.
(Paréntesis importante: Uno de los signos más claros del envejecimiento es la forma en que uno platica con sus familiares más viejos. Cuando uno es un niño, adolescente o similares, uno se aburre terriblemente al visitar a dichos familiares. Sin embargo, llega uno a cierta edad donde escucha atentamente la plática de los hasta hace poco mayores y puede uno terciar sin desentonar. Signo claro e inequívoco de la provecta edad que uno ya tiene.)
Volviendo a la tía Ru, el otro día me contaba la cantidad de gente que se murió en el 2008. Y luego con una carcajada, me dijo: ¡Yo nada más me voy agachando para que no me toque! Al final, ya estaba tan alegre que le dijo a mi papá: ¡Pues invítanos a cenar y de ahí nos vamos al antro!
Ese mismo día, platiqué con JCT, mi tío político y esposo de la tía Ru. Tenía al menos diez años que no lo veía, normalmente no lo veía cuando visitaba a mi tía. Tal vez tenga que ver con el hecho de que el señor se cuida mucho y descansa lo más que puede. Eso le ha permitido llegar a una edad más avanzada que la de mi tía sin problemas de salud de cuidado, fuera de la pérdida normal de la visión y un poco de oído.
- ¿Tú de quién eres hijo? – me preguntó.
- Es hijo de G, papá, – respondió mi prima. -¿No te acuerdas de él?
- De G sí, pero de él no estoy seguro.
Mi tío confió en su hija y se puso a platicarme de su vida y milagros. Yo, tal como dije en el paréntesis líneas arriba, encontré su conversación muy interesante. Entre las anécdotas que me platicaba, me preguntaba dónde había estudiado, trabajado y hecho mi vida en general. Después de un buen rato de plática se me quedó viendo muy seriamente y me dijo.
- Después de este rato que hemos platicado, casi estoy seguro que sí eres hijo de G y A. Y, después de mucho pensarlo, he llegado a la conclusión de que nunca te había visto en mi vida – remató con una gran sonrisa mientras asentía y provocaba las risas de todos en el cuarto.
Me despedí de mi tía con un gran abrazo. Ella todavía se seguía riendo un poco de la ocurrencia de su esposo. Ni modo, soy fácilmente olvidable. Por eso quité mi foto del encabezado.
Darth Tradd
Hulme
Manchester, UK