Casi el paraíso

De regreso a las cálidas tierras del Anáhuac

Desvelos

A mí, al igual que a casi todos los mexicanos, me apasionaba el futbol. En el tiempo en el que estuve en la prepa, recuerdo que conocía el nombre de todos los jugadores, los equipos con los que estaban y sus características en el campo. Cuando llegó la Copa América de 1993, me emocioné siguiendo al equipo hasta la derrota en la final contra Argentina. Después, en el mundial de Estados Unidos, sentí la rabia cuando nuestros mejores jugadores fallaban en la serie de penales contra Bulgaria. Cuatro años después, soñé que Alemania podía ser derrotada, sólo para observar cómo Oliver Bierhoff nos mandaba de nuevo a casa. Y entonces llegó el mundial en el que por fin mandé al diablo a la selección mexicana. El de Corea-Japón 2002. Como recordarán, los partidos eran bastante tarde en nuestra zona horaria, así que había que desvelarse o verlos diferidos. México, como lo ha hecho en los últimos mundiales, calificó a octavos de final. Recuerdo haberme despertado en la madrugada, lleno de ilusión porque, después de todo, Estados Unidos era un equipo al que se le podía ganar. Lo que vi me hizo sentir mal, pero no por las razones de los mundiales anteriores. Ahora no me sentí enfadado ni frustrado. Me sentí estúpido. Mientras trataba de volverme a dormir, me sentí muy mal conmigo mismo. ¿Por qué tenía que colocar mis esperanzas en un equipo cómo ese? ¿Ese equipo de verdad me representaba? ¿Por qué perdía horas de sueño por estar esperando que por fin pasáramos al tan famoso quinto partido? Cuando desperté, ya había tomado la decisión. A costa de que todo mundo me llamara villamelón, de no volverme a emocionar en un mundial, iba a dejar de sentirme representado por El Tri.

Llegó el mundial siguiente, en Alemania. Para esas fechas, yo vivía en Manchester, Inglaterra. Claro que fuimos a los pubs a beber y a esperar algo del equipo, pero no me sentía con esperanzas de que ese equipo hiciera algo más que los anteriores. Recuerdo cómo los amigos colombianos me explicaban emocionados cómo se le podía ganar a Argentina. Yo les dije: “Hay pocas esperanzas, México es uno de los 16 mejores equipos del mundo. Pero hasta ahí. En una de esas dan el salto, pero no contra Argentina.” Y así fue. Lo mismo ocurrió 4 años después en Sudáfrica. Cuando México perdió, era algo ya esperado.

Por eso fue que esta selección no logró emocionarme. Todo mundo decía que esta vez era diferente, que El Piojo había podido lograr el cambio necesario para pasar a la siguiente ronda. Yo lo dudaba. México apenas había logrado calificar y era prácticamente el mismo equipo. Seguí los partidos sin emoción, esperando la casi segura clasificación a los octavos para luego estrellarnos contra nuestra realidad.

Y así fue, México perdió contra Holanda tras haber dado un gran partido. Veo a la gente enojadísima por el falso penal. Los veo y no consigo compartir su molestia. México sigue en el lugar que le corresponde en el fútbol. No fue el falso penal de Robben, fue la realidad de que México es uno de los 16 mejores del mundo, pero no de los 8 mejores. Tal vez algún día consiga colarse a los cuartos, pero será más un golpe de suerte que una auténtica evolución. De ahí a ser uno de los mejores 4 del mundo hay todavía un gran salto.

No quiero cerrar sugiriendo que el no preocuparse por el futbol lo hace a uno mejor persona. En absoluto. Si acaso, soy un mexicano desilusionado por el futbol desde hace 12 años. Pero sí quiero señalar que hay muchas cosas de las cuales deberíamos sentirnos orgullosos. A los mexicanos nos gusta cantar “Viva mi desgracia” y esperar que otros nos den la alegría que no conseguimos en el día a día. En vez de aplaudir los logros de otros, ¿por qué no esforzarnos en conseguir los propios? No es obligatorio que sea en un foro internacional. Cada pequeña victoria cuenta. El formar a buenos hijos, el cuidar de nuestros ancianos, el no ser parte de la enorme corrupción del país. Los ejemplos sobran, todos los conocemos pero tratamos de ignorarlos. Conseguir logros como esos no es fácil pero creo que por estos sí vale la pena esforzarse y desvelarse.

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