Casi el paraíso

De regreso a las cálidas tierras del Anáhuac

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El norte amenaza con robarme

En esos primeros días traté de ponerme al corriente con mi familia en primer lugar y con los amigos en segundo. Esos días fueron agradables, pues finalmente sentía que podía relajarme antes de comenzar el post-doctorado en octubre. Disfruté de los festejos del bicentenario y comí todo lo que quise. Después de eso, me presenté en el centro de investigación en el que esperaba laborar los siguientes dos años. Me recibieron muy bien y en general me gustaron las instalaciones. El proyecto me agradaba y estaba listo para comenzar. Para festejar, quedé de verme con un amigo en un restaurante brasileño. Ahí encontré uno de los primeros problemas. Ese día no traía coche, así que se me hizo fácil caminar hasta una avenida principal y ahí esperar un camión.
Había olvidado que en México uno debe conocer las rutas por anticipado. En Querétaro los paraderos no tienen una descripción de la ruta. Así, vi bajar del cerro a rutas B, B2, 8, 8B y otras similares. Todas traían descrito su itinerario en una vistosa letra escrita con tinta para zapatos blanca. Yo sólo quería saber cuál se iba derecho por todo Pasteur, pero la gente bajaba y subía sin darme oportunidad. Como iba muy relajado, decidí pasar a un Oxxo, que ahora estaban en cada esquina, por unas pizzerolas aprovechando que habían regresado al menú recientemente.
Para cuando llegué al Oxxo me di cuenta que estaba ya muy cerca de una tienda de autoservicio. Preferí decirle a mi amigo que pasara por mí al estacionamiento y de ahí nos fuimos a comer. Después de haber sufrido con los elevados precios de Inglaterra, ir a comer a un buffet brasileño por poco menos de 200 pesos me pareció una excelente opción. Me puse al corriente con mi amigo, el cual también había estado fuera una buena temporada. Esa tarde regresé a San Juan del Río convencido que tendría una buena vida por los próximos dos años.
Fue entonces que la cantidad de correos solicitando trabajo durante la primera mitad del 2010 dio su fruto. Me llamó un investigador preguntándome cuáles eran mis planes ahora que había regresado. Le dije que pensaba quedarme en México, al menos por los próximos dos años.
Me enteré que tienes una oferta de General Electric – me dijo.
Qué rápido corren los chismes. Pues sí, sí me ofrecieron un puesto.
¿La piensas tomar?
No creo. Me ofrecen bastante dinero, pero creo que prefiero quedarme en México.
Me confesó entonces que el motivo de la llamada era sondearme. Saber si de verdad quería quedarme o que si me iba a ir a Estados Unidos. Quise saber por qué. Me respondió que el centro de investigación en metalurgia ubicado en Saltillo al que había mandado solicitud me estaba considerado muy seriamente. Me dijo que quedábamos 3 candidatos y que la posibilidad era muy alta.
No podía creer lo que me decía. ¿De verdad iba a poder trabajar para el sistema del cual había egresado de la maestría? ¿De verdad había hablado sólo para sondearme? Le respondí que si me llegaba esa oferta, la tomaría sin pensarlo.
Y, en efecto, la oferta llegó. Fue un correo electrónico muy breve y específico. Se me ofrecía la plaza de profesor investigador. Tenía que responder a la brevedad. ¿Qué hacer? La posibilidad de quedarme en Querétaro, en mi ciudad, con mi gente era muy tentadora. Pero la oferta de Saltillo era única. Sólo hay 600 plazas de ese tipo en México. El centro en particular es considerado como uno de los mejores en latinoamérica.
Por esos días hablé con la novia jamaicana. Le dije que la oferta que me hacían no era algo que pudiera rechaza tan fácilmente. Con el desparpajo que acabé detestando, sólo me dijo que no le impresionaba la oferta ni el centro de investigación. Además, agregó, era bien sabido que el norte de México era uno de los lugares más peligrosos del mundo. Terminamos riñendo por el teléfono y aunque no terminamos en ese momento, ya sabía que no había futuro con ella. Pero como casi siempre me pasa, no me atreví a decírselo.
Además, estaba el hecho que había conocido a alguien más. Prácticamente la misma semana en que regresé, unos amigos me presentaron a la que, a la postre, se convertiría en mi esposa. Al conocerla recordé lo especiales que son las mujeres mexicanas. En verdad su forma de ser destaca sobre el estilo mucho más seco y distante de las europeas.
Así las cosas, tenía que tomar una decisión. Tenía muchas ganas de quedarme, pero el post-doctorado era por tan solo dos años. Al término de éste, lo más probable es que no tuviera trabajo. Tendría entonces 2 años más de edad y me costaría competir contra otros investigadores más jóvenes. El irme al norte tenía muchas ventajas, era una plaza federal, muy bien pagada y con excelentes prestaciones. Pero era dejar nuevamente a mi familia, alejarme de la persona que acababa de conocer pero que quería conocer más.
La decisión no fue sencilla, pero al final todo se definió por la necesidad de asegurar el futuro. Mucha gente me decía que era un error irme al norte. Que a partir de San Luis Potosí, se llegaba a una tierra sin ley. Que no me iba a acostumbrar a vivir tan alejado del centro de México.
Yo sólo podía pensar que la mayoría de esa gente nunca había dejado su zona de confort. Finalmente, había pasado 5 años lejos de México, en una cultura completamente distinta. ¿Por qué no habría de acostumbrarme a vivir en cualquier parte de México?
Por otro lado, a pesar de que pueda sonar exagerado o incluso falso, la verdad es que no tenía miedo. Desde la epidemia de gripe porcina del 2009, no dejaba de sorprenderme lo rápido que la gente se acobardó. Se suponía que los mexicanos éramos una sociedad que cantábamos para no llorar. Éramos la sociedad que se dedicaba a hacer mofa de la muerte. ¿Qué había pasado? Todo mundo estaba paralizado por el miedo. Quien me conoce sabe que no soy precisamente una persona arrojada. Prefiero evitar pasar cerca de un perro de buen tamaño para evitar problemas. Pero eso no quiere decir que sea cobarde. México es mi país y a mi regreso me sentía todavía más identificado con él. ¿Por qué habría de limitarme en mi toma de decisiones el miedo?
La mayoría de la gente no sabe cómo es la vida en otros países. Existen muchos problemas que no resultan aparentes incluso para los turistas. En el Reino Unido existe un gran control sobre las armas de fuego, por lo cual los maleantes tienen que usar cuchillos. Eso no quiere decir que no las utilicen, sólo que están más restringidas. En el tiempo que estuve allá, unos tipos fueron a balear a otro que estaba tomando una cerveza en un bar, a un par de calles de Oxford Road, la calle principal de la Universidad. Yo pasaba todos los días frente a ese bar, pues me quedaba de camino a la escuela. En un gimnasio cercano, otros tipos fueron a matar a uno más que estaba haciendo ejercicio. En la misma calle en la que vivía, pero varias cuadras más lejos de la casa, habían acuchillado a un muchacho que se desangró frente a la puerta de su casa.
No es mi intención hablar mal de Manchester o de Inglaterra, ciudad y país que me recibieron con los brazos abiertos y que me dieron la formación que me permitía ahora tomar el trabajo que se me ofrecía. Pero sí quiero que quede claro que, como es la expresión popular, en todos lados se cuecen habas. Las cosas en México no podían estar tan mal como decían las noticias, me repetía una y otra vez.
Hacia mediados de octubre había tomado la decisión. Acudí a visitar al investigador con el que iba a trabajar en Querétaro, para informarle de su decisión. Después me enteré que él también había competido, infructuosamente, por una de las plazas en Saltillo. Después solicité dar una plática para conocer las instalaciones del nuevo centro de investigación. El coordinador académico estuvo de acuerdo y concertamos una fecha a inicios de noviembre para realizar mi primera intervención en mi nuevo trabajo y, efectivamente, mi nueva vida.

Regresando a México

La decisión de regresar a México, sorprendentemente, no fue tan difícil. Para enero del 2010, ya había terminado las correcciones de mi tesis y disfrutaba del invierno más nevado de todos los que me tocaron en el Reino Unido. Para ese entonces tenía una novia, más o menos formal, de nacionalidad jamaicana. Tenía frente a mí múltiples opciones de trabajo, gracias a que mis asesores gozaban de buena reputación en el ámbito académico. Así, tenía la oferta de irme a realizar un post-doctorado a la Universidad de Birmingham, otra de mis mismos asesores para quedarme 3 años más en Manchester, otra más para ir al INSA de Lyon en Francia y, la más importante, una oferta de General Electric.
Cuando conocí al reclutador de General Electric, yo era un estudiante de primer año de doctorado. Había asistido a un congreso de la MRS en Boston y ya me sentía muy feliz con eso. Él era el moderador de la sesión en la que yo participé y quedó muy impresionado con el trabajo de un alemán que presentó antes que yo. Cuando yo presenté, sólo me dio las gracias. 4 años después, me lo encontré en otro congreso y ahora sí le agradó mi trabajo. Me pidió que lo contactara y en poco tiempo GE me pagaba un vuelo para visitar su centro global de investigación al norte de Albany en el estado de Nueva York. La opción era sin duda atractiva, el centro global de GE era un sueño para cualquier ingeniero, más aún para uno recién egresado y necesitado de recursos.
Pero entonces intervinieron muchos otros aspectos que no había tomado en cuenta. La novia se había ido para Jamaica y ahora tenía planes para realizar un post-doctorado en Sudáfrica. Mientras tanto, yo sentía que había cumplido con el objetivo para el cual el Conacyt me había becado y ya era tiempo de regresar. No estaba del todo convencido de seguir fuera del país, aunque para entonces las noticias que llegaban hasta Europa no eran nada buenas. Se hablaba de balaceras en prácticamente todos los centros urbanos importantes. De secuestros, de una vida que ya no era posible sostener. Cuando volé hacia Estados Unidos compré un ejemplar de una revista (Newsweek me parece) que tenía como titular: Mexico meltdown. En esa revista se decía que México había alcanzado el punto de no retorno y la palabra clave era una que se repetía por todos lado: Estado fallido.
Comencé a investigar las posibilidades del regreso. Conacyt envía mensualmente a sus egresados un boletín con las oportunidades de trabajo. La verdad es que eran pocas en esos días. Hay que recordar que durante el 2009, el mundo vivió una recesión importante en prácticamente todos los sectores. Así que no había mucho de dónde escoger. De cualquier forma, no quería perder la oportunidad de regresar a México y comencé a buscarle.
Los resultados distaron mucho de ser ideales. Mandé mi CV a prácticamente todas las universidades y centros de investigación que solicitaban gente. No obtuve respuesta en la mayoría y las pocas respuestas que llegaron fueron negativas. Busqué incluso en universidades perdidas en la sierra, pero simplemente no conseguía una opción para regresar. Así estuve hasta que encontré la convocatoria de estancias post-doctorales del Conacyt.
Esta convocatoria me daba la oportunidad de regresar a México, incluyendo viáticos y menaje de casa y una beca para trabajar en un centro de investigación hasta por 2 años. Ahí estaba el problema, ya que en realidad todavía no había contactado a ningún centro de investigación y el cierre de la convocatoria se acercaba. Afortunadamente, un centro de investigación en Querétaro, mi ciudad natal, se interesó en someter un proyecto conmigo. No podía creer mi suerte, ahora tenía la oportunidad de regresar a México, a mi ciudad.
Como siempre, los imponderables hacen de los planes cera y pabilo. Mi decisión de regresar a México no le sentó bien a la novia jamaicana. En particular, no le agradó mi confesión de que no quería pasar el bicentenario del inicio de la independencia fuera del país. Así, nuestro relación quedó en entredicho. Claro, ella ya tenía su plan de emigrar a Sudáfrica, al parecer aprovechando la obsesión del mundial de fútbol.
Tomada la decisión de regresar, sólo había que comenzar a cerrar las cuentas, despedirse de los cuates y correrse unas cuantas borracheras para dejar adecuadamente al Reino Unido. Entre las ventajas de haber estado todo ese tiempo fuera del país, es que se puede solicitar una exención de pago de impuestos. Para tal fin, me dirigí a la embajada mexicana en Londres. Entrar ahí fue mi primer contacto con México. Las secretarias estaban chismeando alegremente cuando entré, platicando (aparentemente) sobre una fiesta que había estado muy bien en la que habíanse ligado galanes. Las expresiones que había casi olvidado “ahorita”, “péreme”, “deje ver” y algunas más, me hicieron sentir que ya estaba casi en casa. Me firmaron mi carta de menaje de casa en menos de una hora y armado con ese documento, envié 12 cajas con libros y posesiones varias.
Por fin se llegó la fecha: el 7 de septiembre, el mismo día en que había salido, 5 años antes, con rumbo a Inglaterra. Gracias a los diversos vuelos que tuve que hacer por el trabajo de la Universidad, tuve suficientes millas acumuladas para pagarme un boleto en primera clase. Desde que abordé el avión, pude disfrutar de la gente hablando de cosas como bautizos, negocios, impuestos y demás linduras mexicanas. El viaje fue muy agradable, aunque lidiar con casi 100 kg de equipaje repartido en 4 maletas es muy complicado, aún en un aeropuerto con maleteros como el de la Ciudad de México.
Al pasar por migración, la oficial se fijó en mi muy sellado pasaporte. Amablemente, me preguntó:
¿Cuánto tiempo pasó fuera de México?
5 años.
¡Qué bárbaro! Saliendo de aquí se me va corriendo por unos tacos. Es una orden.
¿Sabe? De lo que de verdad tengo ganas es de unos pambazos.
Lo que usted quiera pero que sea comida mexicana. Bienvenido de regreso.
Mi familia me esperaba en el aeropuerto y, después de 2 horas más, estaba de regreso en la casa paterna. Dormí muy cansado, tratando de recuperarme del viaje.
Al día siguiente, comenzó el impacto cultural para mí. México cambió notablemente en esos 5 años que estuve fuera. No fue solamente la violencia relacionada con el narcotráfico. El país al que regresaba claramente ya no era el mismo que había dejado. Por supuesto, yo tampoco era la misma persona y eso me iba a causar diversas sorpresas e incluso desazones en los días por venir.

Introducción

Salí de México en septiembre del 2005, con destino al Reino Unido, en particular a la ciudad de Manchester. Mi objetivo principal era completar mis estudios doctorales en ciencia de materiales. Tras haber estudiado algunos años y trabajado algunos más, sentía que era el momento en que tenía que conocer mundo, como se decía antes. Dejé la casa de mis padres a una edad relativamente mayor, sobre todo considerando los estándares actuales: 27 años. No era la primera vez que dejaba la casa paterna, pero esta iba a ser por al menos 3 años con mínimos regresos.
De mi estancia en el Reino Unido ya he hablado bastante. Durante los cinco años que estuve en Manchester mantuve, de manera un tanto inconstante, un blog llamado Desde la inopia. Todavía puede encontrársele en la red, ya que después de darlo de baja, decidí volver a darle vida. Me tocó ser parte del auge de los blogs en México, aunque nunca fui realmente un blogstar. Eso sí, hice varios amigos que trascendieron los comentarios electrónicos.
Mi regreso fue poco espectacular. Confieso que a veces sí esperaba algo más grandioso, pero me conformo con estar de vuelta. Al contrario de mucha gente que cuando salió de México tenía toda la intención de no regresar, yo siempre soñé con estar de vuelta, trabajando en el área en la que estoy ahora y desempeñándome en mis actividades actuales.
Podrían preguntarse el por qué de esta decisión, sobre todo a la luz de la oleada nacional de violencia relacionada con el narcotráfico. La respuesta es simple: Porque éste es mi país. Y porque México, a pesar de todos los problemas, todavía es casi el paraíso.
Tras haber fallado en anteriores ocasiones en completar mi novela de Nanowrimo, ahora participo en el Camp de primavera, esperando que esta colección de cuentos cortos me permita narrar mi reincorporación a este país tan hermoso y tan lleno de inmundicia a la vez.

Ya nadie lee blogs

El otro día estaba leyendo que ya nadie lee blogs. Que su tiempo vino y se fue como un vil arbusto rodante del desierto coahuilense. Lo de ahora es el Twitter, ya que la gente no tiene tiempo para leer. Y después leí que en realidad, mucha gente todavía lee blogs. Que de hecho, los blogs se han convertido en una de las principales fuentes de información que se comparte ahora en Twitter y Facebook. Lo que en realidad ha pasado es ya casi nadie mantiene blogs. Y esto es de esperarse pues, finalmente, estar escribiendo no es tarea fácil. En verdad tenía toda la intención de escribir y mantener un blog de mi reincorporación a la buena sociedad mexicana, después de haber estado tanto tiempo (bueno, fueron 5 años) fuera.

Simplemente, no pude. Mi vida ha cambiado y ahora tengo otras responsabilidades que limitan el tiempo que tengo para dedicarle a esto del aporreo de teclas. Ahora que tengo un trabajo oficial y que algunos estudiantes dependen de mí para poder terminar sus tesis en tiempo y forma, la vida se ve distinta. Pero a pesar de ello, no he perdido la intención de escribir. La inquietud había estado muy escondida, pero por fin volvió a salir.

Además, ahora la buena gente detrás de Nanowrimo ha tenido a bien abrir el Camp Nanowrimo, donde la temática es más abierta y uno fija el límite de palabras a escribir. No sé cómo me vaya en esta ocasión, pero me he fijado un límite de 40,000 palabras en un texto que tratará de hilar cuentos e historias cortas personales. En general, será inspirado por todo lo que no he escrito en los últimos 3 años. Ojalá que alguien se dé el tiempo de leer todo esto y, tal vez, lo encuentre interesante.

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