En mi vigilia

Sé que no lo entenderás. No importa cómo te lo diga o si no lo digo en absoluto. No lo entenderás porque no quieres hacerlo y admito que casi con seguridad yo haría lo mismo. Pero no estoy en tu lugar. En esta historia soy el desgraciado, el malo del cuento, lo sé bien. Puedo vivir con eso. Ya he tenido este papel antes y sobreviví. Con algunas cicatrices, cierto, pero sobreviví.

Tu mensaje me hizo despertar a las cuatro de la mañana. No porque llegara a esa hora, sino porque en él decías que llegarías a las 8. Me convencí a mí mismo de que ese resplandor que veía era el alba inminente, así que me levanté dos horas antes de que saliera el sol. Desde entonces, he paseado inquieto por la sala. Miro entre las persianas temiendo verte en la acera, arrastrando tus maletas.

Sé bien lo que quiero hacer y decir al verte. No estoy tan seguro de que realmente lo haré. Te diré todo lo que no dije en diciembre. Lo único que conseguiré será que me odies aún más, pero no voy a dar marcha atrás. Es muy tarde para eso. Sé bien que después de eso no te quedarás aquí, en el departamento, pero seguirás en la ciudad. No sé qué pasará después.

Pensar todo esto me está alterando. Veo tu silueta en cada persona que camina presurosa a su trabajo. Van al menos tres veces que te veo bajar del autobús. Sólo me tranquiliza la respiración lenta y relajada que escucho salir desde mi cuarto. Sé que sus pechos y sus rizos se mueven con ese mismo ritmo.

Mientras la veo dormir, me percato que no he dejado de decir lo sé. Maldita sea, no sé nada.

Darth Tradd

Hulme

Manchester, UK

Vicky

Tras haber vivido mis primeros 27 años bajo el ala protectora del Seguro Social, la grasa vaso-obturadora de las gorditas de migajas y la cegadora resolana del Anáhuac, tuve la oportunidad de salir a conocer mundo. Desde entonces (abril del 2005) he andado de un lado a otro, gracias a la beca y a la Universidad.

¿Qué puedo decir del mundo que me ha tocado ver hasta ahora? Que no es un lugar para tener hijos. O, dicho de otra forma, no me gustaría traer hijos a este mundo.

No me he amargado, ni deprimido. Eso es lo que creo, tras haber sido testigo de lo poco que he visto. No es una decisión escrita en piedra, acero inoxidable o similares. Es más, tengo la idea, no, la esperanza, de que la eventual dueña de mi beca me haga cambiar de opinión.

Pero mientras ese día llega, me puse a pensar en las múltiples ocasiones en que la he regado con las candidatas que he conocido. Con ese recuento en mente y tratando de darle terapia intensiva a este blog, he decidido comenzar una nueva serie de artículos dedicados, en principio, a mis hijos nonatos: Cómo conocí (y espanté) a tu no-madre. Y para comenzarla, va la historia más reciente.

Hace poco más de un mes, más o menos cuando este blog dejó de ser actualizado, viajé a Newcastle para visitar a los señores Tate. Algunos de mis lectores recordarán que ya los había visitado en dos ocasiones dos. Esta vez me invitaron a jugar cróquet (en el cual no me fue tan mal) y a caminar un rato a lo largo de la Muralla de Adriano, que en su momento marcó el límite boreal del Imperio Remono Romano.

Cuando íbamos los tres pasando las de Caín con tanto subir y bajar colinas (la cuesta del pedo, que diría mi abuelo) me dijeron:

– ¿Te imaginas si Vicky hubiera venido? Iría bien adelante de nosotros, ella está muy muy en forma.

– ¿Vicky? – pregunté.

– Sí, una amiga nuestra. Muy agradable, pero no pudo venir.

– Ah.

– Pero no te apures, la invitamos a cenar. Esta noche la vas a conocer.

El resto del día, a intervalos regulares, se la pasaron hablándome de todas las virtudes de la Vicky. Finalmente regresamos a su casa y mientras ellos preparaban la cena, me fui a bañar. Estaba en el cuarto terminándome de cambiar cuando escuché que alguien llegaba a la casa. Vicky, evidentemente, pensé.

Bajé al recibidor (pues los Tate tienen una casa muy amplia y bien distribuida) y ahí encontré a una muchacha claramente británica, alta, de tez clara, pelo rubio y nariz afilada. Iba muy arreglada y me sonrió muy cortésmente al verme.

Hello, there! – dijo Vicky con un marcado acento norbritánico.

– ¡Francisco, qué bueno que ya bajaste! – intervino nuestra anfitriona – Ella es Vicky Vaporub, nuestra amiga de la que te habíamos hablado.

Hello, Vicky -  respondí con mi inglés evidentemente latinoamericano con un ligero tinte mancuniano – Nice to meet you.

Nice to meet you, too!

Una cosa quedó clara desde el inicio: Si bien Vicky y yo tratamos de ser amables desde el principio, ambos nos sentíamos muy incómodos al haber sido traídos a una pseudo-cita orquestada por los Tate. Mientras ellos le daban los últimos toques a la cena, Vicky y yo tratamos, con relativo éxito, de platicar de temas más interesantes que el clima de la isla. Cuando las últimas verduras estuvieron cocidas, pasamos al comedor.

La ensalada de aguacate (porque eso no era un guacamole) pasó sin mayores consecuencias. Pero al llegar al plato fuerte, los Tate se disculparon: Tenemos que ir a sacar el pollo del horno. Francisco, Vicky, los dejamos para que se conozcan mejor.

Sólo faltó que los señores cerraran un ojo o se rieran como cómplices. Salieron del comedor y Vicky yo nos miramos, entre divertidos e incómodos. Tras unos segundos, los dos nos reímos.

– ¿Qué te dijeron? – preguntó ella.

– Que habían invitado a una amiga muy querida a cenar. ¿Y a ti?

– Que tenían un huésped muy agradable (¡ja!) invitado a cenar y que pensaban que era una buena idea que lo conociera.

Cabe la aclaración de que Vicky es de mi edad y también soltera. Los Tate vieron la posibilidad de resolver dos tristes vidas de una sola cena. Pero ya estábamos ahí y decidimos disfrutar ese rato lo mejor posible.

Would you like to have some more wine, Vicky?

Yes, I shall have some. Cuéntame, ¿dónde vives en Manchester?

La plática fue agradable y su compañía altamente disfrutable. Sin embargo, simplemente no hubo click, chispita, química o como quieran llamarle, entre nosotros. Cuando pasamos a tomar el té, creo que ambos estábamos aliviados de haber sobrevivido la cena. Pero faltaba el remate.

– Vicky va a ir a Manchester en este agosto, – dijo la señora Tate. – Sería buena idea que te llamara, ¿no crees, Francisco?

– Por supuesto – respondí con mi falsa flema querebritánica.

– Sí, -dijo Vicky. -Yo te llamo. Aquí les pido tu teléfono a los Tate, ¿te parece?

– ¡Claro que sí! – exclamó la señora. – Aquí te damos su teléfono, su correo electrónico y demás datos, Vicky.

– Perfecto – respondí.

Después de que Vicky se retiró, la señora Tate parecía muy complacida.

– ¡Qué chica tan agradable! Me dio gusto que la conocieras, Francisco. Estoy seguro que se llevarían muy bien.

– Sí, tiene usted razón, – contesté. No le dije que tenía razón sólo en que ella era agradable.

Cuando venía en el tren de regreso a Manchester, sonreía mientras recordaba esa cena. No sólo porque fue agradable o porque daba material para una buena charla o publicación. De verdad me da gusto haber hecho amistades como los Tate, que se preocupan tanto por mí (y por mi soltería) como para arreglarme citas cuando voy a visitarlos. Caraxos viejitos. Buena la hicieron.