Cliffs of Moher

(Con dedicatoria a mi querida amiga Grimalkin, que tuvo a bien quemarme con su comentario en el post pasado. Besto enorme, mon amie.) 

He de admitir que Mr. Darcy, mi nuevo compañero de departamento ahora que LaBere ha emigrado a las cálidas tierras del norte… (¡Te extraño Beres! Yo no puedo poner velas aromáticas sin riesgo de que me llamen metrosexual o algo peor. Esperen, ya me dicen así. ¿Dónde dejaste las velas?). ¿Qué decía? Ah, sí, disculparán que la gdipa me confunde más de lo normal.

Bueno, decía que Mr. Darcy tiene excelentes ideas para visitar lugares cercanos y baratos. Durante dos años me recomendó visitar Lyme Park, una propiedad no muy lejos de Manchester donde, curiosamente, fue filmada la producción británica de Pride and Prejudice. A mí la verdad no me llamaba la atención visitar una casa solariega y blasonada, así que postergué la visita por los dichos dos años. Cuando por fin lo visitamos, el lugar me impresionó bastante y no me quedó más que admitir que me había equivocado.

Con esos atecedentes, decidí que sería una buena idea seguir su sugerencia de visitar el suroeste de Irlanda, en particular los riscos de Moher. Había que conseguir, por supuesto, suficiente gente para armar un grupo expedicionario como Dios manda. Dicho grupo quedó integrado, además del que esto escribe y de Mr. Darcy, por Viridiana (alias la Virics) y Juan Carlos (alias el JC) oriundos de la risueña República Mexicana y en particular del todavía más alegre Estado de México.

La aventura comenzó el viernes pasado, cuando todos juntos salimos con rumbo al aeropuerto John Lennon de Liverpool. Desayunamos alegremente mientras esperábamos que abriera el check-in de nuestro vuelo (por una vez en la vida, se nos hizo muy temprano). Pasamos al control de seguridad y ahí comenzó la carrilla. Virics traía una gorra y le pidieron que la quitara. Cuando sus cosas salieron de la máquina de rayos X, su gorra no aparecía.

– ¿No vieron mi gorra? – nos preguntó a Darcy y a mí.
– No. – dije yo, mientras me acababa de acomodar la chamarra, las llaves y hasta el cinturón que me hicieron quitar.
– ¿Será posible que…?

Y sí, en efecto. Virics se asomó al bote de basura y ahí, ciertamente inmaculada, estaba su gorra. En vez de ofenderse, Virics la sacó, le sacudió el polvo y se puso a reir. Nosotros, JC ya incorporado, tras haberse puesto los zapatos, estábamos que nos moríamos de la risa.

– ¿Qué te hizo buscarla primero en la basura?
– No sé, pero fue el primer lugar que se me ocurrió.

El vuelo entre Liverpool y Shannon fue muy corto de una hora escasa. Por alguna razón, a mí no me sellaron mi pasaporte. Me regresé con el oficial de migración y le dije que yo quería un sello y constancia de entrada a la bella República de Irlanda. El oficial puso cara de circunstancias y me dijo: By your request. Me selló el pasaporte y le escribió de mala gana: By request.  Eso me pasa por andar pidiendo sellos que no debo.

Teníamos reservaciones en un B&B (bed and breakfast) cercano al castillo de Bunratty y decidimos tomar un taxi. En menos de 20 minutos estábamos ahí, pero nos dimos cuenta de un pequeño detalle: El B&B estaba a casi kilómetro y medio del castillo que, por mera coincidencia, estaba junto a la calle principal de la localidad. Básicamente nuestra casa de huéspedes estaba en medio de la nada o, mejor dicho, a 1500 metros de la civilización, pasando por un camino secundario, casi casi vecinal.

No hicimos mucho caso a ese problema y nos fuimos caminando al castillo. En el proceso, Mr. Darcy metió el pie en una rejilla mientras se acomodaba para una foto. De hecho, era más una trampa para evitar que el ganado entrara a la propiedad y parece haber cumplido su propósito.

Luego de visitar el altamente recomendable castillo de Burnatty fuimos a cenar a un restaurante bastante fresa (posh, como le dicen por aquí). Aunque sí estuvo caro, el salmón estuvo delicioso y pagamos sin chistar la cuenta. Para entonces, ya eran cerca de las 9 de la noche y casi tiempo de regresar. Sin embargo, uno no puede ir a Irlanda y no tomar Guinness así que paramos en Durty Nellis, un pub bastante tradicional, a refrescar la garganta. Por alguna razón, en este viaje me la pasé de contreras y, en vez de pedir Guinness como todos los demás, pedí Murphy’s, otra stout bastante cremosa. Nuestra conversación, como todas las buenas conversaciones de pub, pasó por casi todos los demás, incluyendo un rápido concurso de belleza de las chavas sentadas en las mesas de al lado.

Eventualmente decidimos regresar al B&B y comenzamos a caminar por el camino vecinal antes citado. Nos dimos cuenta que no había alumbrado público y la única luz venía de las casas regadas por la campiña (distantes unos 50 metros una de otra cuando teníamos suerte y casi 200 metros cuando no) y de los coches que pasaban de vez en cuando. Afortunadamente JC encontró una función en su celular que hacía funcionar el flash de manera constante (o intermitente, asegún quisiera) y por fin pudimos ver por dónde caminábamos. Para tranquilizarme, me puse a cantar, con tan mala entonación que los perros aullaban. Afortunadamente, mi aversión de Pénjamo (Ya vamos llegando a Péeeeeeeenjamo, ya asoman allá sus cúuuuuuupulas…) se perdió entre la bruma de esa noche para la eternidad.

Pero como dijo Rulfo, el ladrido de los perros avisa que uno que ya llegó a su destino. Los dos cocker spaniel que vivían en el B&B nos recibieron entre alegres y nerviosos.  El dueño del lugar se sorprendió de que hubiéramos caminado de regreso. Revisamos un mapa para planear el itinerario del día siguiente y nos dimos cuenta que los famosos riscos estaban a más de 70 km de distancia. Cuando finalmente nos fuimos a dormir, habíamos tomado una decisión: Tendríamos que rentar un coche si queríamos disfrutar del fin de semana.

No se pierdan la continuación de esta negroaventura que se publicará mañana si un nuevo diluvio no lo impide, en este blog que trata de recuperarse del abandono.

Darth Tradd
Hulme
Manchester, UK

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