Un respiro

En medio de todo el caos que han sido estas vacaciones, ayer fue un buen día. Fui al panteón a visitar la tumba de Chelito y la verdad me hizo bien estar ahí y platicar con mi abuelita. Los cementerios tienen un aire especial, nunca me ha parecido que huelan a muerte, sino a pasado. A pesar de todo, al ver la tumba del niño que murió a los 14 años tras haber sido salvajemente golpeado por otro un poco más grande que él, no pude evitar que se me llenaran los ojos de lágrimas. Su familia donó todos sus órganos útiles, siguiendo los deseos de su hijo.

Por la tarde, cuando ya estábamos en la casa. Dos de mis tías fueron a visitarnos. Nos llevaron pan y enormes sonrisas. Las ganas de vivir de la más grande de ellas siempre me han impresionado. Se puso a contarme, a través de su rostro cansado pero alegre, cuánta gente se ha muerto cerca de su casa. “Yo nada más me voy agachando”, me dijo. Me reí al imaginarla esquivando ágilmente a la huesuda. Su alegría es increíble, desbordante, contagiosa… buena, en una sola palabra.

Decidimos salir a comer, pero mi otra tía tenía algo de frío. Subí con mi mamá a buscarle un suéter y, entonces, apareció un chaleco rojo. Un chaleco antiguo, con los ojales resistiéndose a ceder por unos cuantos hilos. Lo reconocí al instante: “Es el chaleco de Chelito”, le dije a mi mamá. Sentí su textura, vi con más atención esos ojales viejos y, acercándomelo a la cara, aspiré su aroma. “Todavía huele a ella”, suspiré.

Disfruté mucho esa tarde.

Darth Tradd
San Juan del Río, Qro.
México

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *