Dales, Señor, el descanso eterno…

Adriana me advirtió justo después de darme las sábanas para el colchón inflable:

– Si te llegan a espantar, no grites. Eso los alborota más.
– ¿Espantar?
– Sí, mi mamá dice que la casa tiene sus espíritus. A mucha gente la han espantado.
– ¿En serio? – dije burlón. – ¿A ti qué te ha pasado?
– He sentido un escalofrío terrible al subir por la escalera.
– Uy, que miedo – respondí con una sonrisa.

Mi amiga, como suele hacer con una gracia que me encanta, se rió de mí. Se llevó a su gato a su cuarto y se encerró con él. Yo me quedé despierto al menos una hora más, pues había encontrado en su bien surtida biblioteca un libro de “Boogie, el aceitoso”. Cuando por fin terminé de disfrutar su lectura (Fontanarrosa era un genio) me tendí boca arriba sobre el colchón y me puse a ver con detalle el departamento. Según mi escaso conocimiento de la arquitectura mexicana, debió haber sido construido en algún momento entre el fin del Porfiriato y el inicio de la Segunda Guerra Mundial. “En los treintas”, decidí. “Eso indica que los espíritus tal vez sean pachucos o actores de carpa. Con suerte y hasta son rumberas de buena pierna.”

A eso de la medianoche, el sonido de uñas rasguñando madera me despertó. Después de un par de minutos, entendí que el gato luchaba por salir del cuarto de Adriana. Doce y cuarto lo consiguió y pasó haciendo a un lado mi pie como si nada. Vi su silueta recortada contra la ventana que dejaba pasar un poco de luz de la calle. Al rato, una multitud de gatos en celo rondaban la casa y pensé que eso es lo que había oído la gente que se quejaba de aparecidos. ¡Carajos gatos! Menuda orgía se traían esa noche.

Me dio un poco de frío y además el colchón inflable, como suelen hacerlo todos, se desinflaba. A las tres y algo de la mañana, llegó un mensaje al celular de mi amiga, el cual me despertó. Me acomodé lo mejor que pude para volverme a dormir, a pesar del frío y de la falta de aire en el colchón. Eso sí, los gatos ya no hacían ruido. Me envolví entre las sábanas y procuré no roncar.

Estaba dormido otra vez cuando sentí que alguien estaba acostado a mi lado. Temblaba y dejaba escapar un hilo de voz lastimero, quebrado y femenino. Sentía que forcejeaba, como tratando de liberarse de algo o tal vez temblaba de frío. Quería ayudarle, pero yo mismo tenía problemas con las sábanas que se habían enredado en mi cuello. Su voz sonaba muy parecida a la de Adriana y yo no podía liberarme. El pataleo aumentaba en intensidad y los gemidos, sollozos o lo que sea que hayan sido eran apremiantes. No encontraba la forma de quitarme las sábanas del cuello (que se apretaban cada vez más) y darme la vuelta para abrazarla y calmarla.

Finalmente desperté y, por supuesto, no había nadie junto a mí. Sin embargo, no estaba asustado. Mi corazón ni siquiera se aceleró. No tenía miedo: sólo estaba extrañado de no encontrar a la chica junto a mí. La estancia estaba vacía y silenciosa. A través de la ventana un gato me miraba con curiosidad.

Aún confundido, recordé los consejos de Guille: “Rézale a las ánimas benditas del purgatorio. Recuerda que no tienen quién les rece. Y si escuchas ruidos raros, golpeteos bajo la mesa, susurros al oído o cosas así, diles que si siguen chingando se quedan sin sus oraciones y a ver quién carajos reza por ellos.” Musité, salido de algún lugar de mi memoria: “Si por tu sangre preciosa, Señor, les has redimido, que les perdones te pido por tu pasión dolorosa. Dales, Señor, el descanso eterno. Y luzca para ellos la luz perpetua. Descansen en paz. Así sea. Y si siguen dando lata, se pueden ir a chingar a su madre.”

Dormí profundamente el resto de la madrugada.

Darth Tradd
San Juan del Río, Qro.
México

3 thoughts on “Dales, Señor, el descanso eterno…

  1. Escucha, lector:
    Si por alguna vez
    Y por artes del demonio
    Te vieres como Apolonio
    En crítica situación.
    Si tropiezas acaso
    Con algún ánima en pena
    Aunque te diga que es buena
    No te confíes jamás.
    Y por vía de precaución
    Llévate como cristiano
    La cruz bendita en la mano
    Y en el fundillo un tapón.

  2. No, Iván, no había tomado nada. Cuando mucho estaba sugestionado por el comentario de Adriana. El martes por la tarde espero ya estar por Manchester. Saludos.

    Mi estimado G, no soy nadie para negar la sabiduría del Anima de Sayula. Al menos no me pidió nada… Un abrazo.

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