El veinticuatro de junio

… el mero día de San Juan, un baile se celebraba en ese pueblo de Ixtlán.

Hoy fue la mera fiesta de mi rancho, San Juan del Río, Querétaro, en la risueña República Mexicana.

Extraño a mi pueblo, la verdad. Creo que sobre todo lo extraño por mi familia y mis amigos, pero no tanto por el pueblo en sí. Porque verán ustedes, mi pueblo es extremadamente conservador y cuidadoso de las buenas costumbres. Claro, con los años esto ha cambiado y ahora se ven cosas que harían que las señoras de la Vela Perpetua de cuando era niño se infartaran. Sin embargo, no deja de ser un pueblito, con una conciencia de clase muy arraigada en sus habitantes.

Sí, en mi pueblo la gente todavía dice cosas como:

  • Mira a esa muchacha con las piernas llenas de estrías, seguro que ya no es señorita. A mí me contó el de la tienda de la esquina que la vieron paseando por ahí atrás de Santo Domingo con ese muchacho hijo de don Abelardo el de los tacos.
  • Quién lo viera, ¿verdad? Se ve buen muchacho, finito, hasta güerito está y ahí anda de mecánico.
  • Mira, es mejor que no te metas con él, es pariente de fulanito, el que trabaja en el despacho de los Aldarycoque.

Y linduras similares. Pinche pueblito.

Sin embargo, como diría el recientmente premiado José Emilio Pacheco:

Alta traición

No amo mi Patria. Su fulgor abstracto

es inasible.

Pero (aunque suene mal) daría la vida

por diez lugares suyos, cierta gente,

puertos, bosques de pinos, fortalezas,

una ciudad deshecha, gris, monstruosa,

varias figuras de su historia,

montañas

(y tres o cuatro ríos).

Sí, eso mero. En mi pueblo todavía uno se entera de los chismes al ir por las enchiladas de Doña Coco los jueves en la noche. Mientras uno espera hambriento la garnacha rebosante de grasa, aspirando el aroma único de la fritanga en brasero de carbón, llega la gente y se pone a platicar. En mi pueblo salir a la farmacia implica detenerme al menos cinco veces para saludar al vecino, al mecánico de la esquina, a la señora de la tienda, a la señora de la otra tienda, al del puesto de periódicos y al bolero. Y la farmacia no está a más de cuadra y media de la casa de mis papás. Claro, en la farmacia me identifican de inmediato:  ¡Qué milagro! ¿Cuándo llegó? ¿Cuántos días va a estar por aquí? ¿Cómo lo trata la vida en Inglaterra? Algún día me puse a pensar en cómo diablos habían averiguado que yo andaba por acá, hasta que me los encontré en las enchiladas de Doña Coco. En mi pueblo los viejitos salen a bailar danzón los jueves en la tarde y las parejas le dan vueltas al Jardín Independencia, famoso por tener un águila de bronce en lo alto de una columna. La expresión local es ir a darle vueltas al águila hasta que se caiga.

Sí, pinche pueblito tan simpático. Tan raro como cualquier pueblo de México. Tiene cosas que estoy más que feliz de dejar atrás. Pero tiene otras por las cuales, como diría Pacheco, daría la vida.

Quinientas cincuenta y siete palabras tiene este post, escrito en 20 minutos. Hoy me pasé todo el día con la tesis y apenas escribí tres mil quinientas. Al menos ya quedó ese capítulo.

Darth Tradd

Hulme

Manchester, UK

3 thoughts on “El veinticuatro de junio

  1. Ese mi Paco, definitivamante eres Sanjuanense hasta el tuetano, apesar de la distancia (por que tambien he estado lejos, aunque no tanto como tu)se extraña el terruño.

    Esperamos verte pronto por aca.

    Saludos desde Saint Johny River Ranch

  2. Un poco, lics, pero tampoco es tan malo. Han de ser las desveladas. Besos.

    ¡Chowas! Qué gusto que comentes por este tugurio. Sí, siempre se extrañan a los cuates y la buena cáscara de los sábados. Cuídate mucho, yo también espero verte pronto. Saludos a la familia. ¡Un abrazo!

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